viernes, 27 de septiembre de 2013

Día del Juego



 "Y porque se ha salido de la infancia,
(...) se olvida que para llegar al cielo se necesitan,como ingredientes,
una piedrecilla y la punta de un zapato".

Julio Cortázar Rayuela



El 27 de septiembre es el día en que la Convención Internacional de los Derechos del Niño fue tomada en cuenta para nuestra Constitución Nacional. 

La Asociación IPA Argentina, en el marco de la campaña “Día del juego” realizada junto a UNICEF y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en el año 2005, logró un Decreto que posibilitó su instalación en la Ciudad. 


Es un día de participación y recuerdo activo. Un día para compartir juegos y risas. Emoción y sabiduría. Talentos y habilidades. Un día para que el resto del año no se nos olvide por qué jugar es un derecho para la infancia y una necesidad para toda la vida.
Recordemos que el derecho a jugar fue reconocido por primera vez, el 20 de noviembre de 1959 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño.


El juego es la forma natural y espontánea que tiene el niño/a de aprehender el mundo, conocerlo, expresarse, desarrollar sus inteligencias múltiples y valores humanos que le posibilitan la conexión con otros seres humanos en forma creativa y crítica, enfrentar y resolver problemas, construir su subjetividad y su autoestima.

 
Por suerte, jugar no es sólo cosas de niños. El juego nos convierte en personas curiosas, abiertas al cambio, comprometidas, críticas, libres, creativas, positivas y alegres. Por ello debemos estimular la capacidad de Juego de los niños y jóvenes, pero también recobrar la nuestra.



¿A qué jugaba yo espontáneamente?

Jugaba a caminar siguiendo distintas formas imaginarias en el piso, a caminar sin pisar "las líneas" que separaban una baldosa de otra; a correr; a salticar hacia diferentes lados; a saltar, a saltar con una pierna, con otra y con las dos, a saltar la soga; a subir y bajar escalones, escaleras, declives, paredes bajas; a gritar al aire; a hablar con otros, a imitar voces; a arrastrar objetos; a armar trenes con sillas, banquitos, taburetes; a convertir en cama al sillón del patio; a ser cantantes, actrices y actores; a comprar y a vender; a hacer tortas de barro con flores; a "hacer" de padres, madres, hijos, tías, amigos, maestras, alumnas, enfermeras que colocaban inyecciones o nebulizaban; choferes de autos; a disfrazarse; a ser diferentes animales salvajes, de granja o mascotas de las casas y a una gran cantidad de juegos más.


Ponía obstáculos en el patio, e imaginaba dragones, abismos, ríos, que debía atravesar. Lo que primero se iba formando en mi mente, al tiempo pasaba a formar parte de un monólogo en voz alta que siempre acompañaba mis juegos. Si bien estaba sola, siempre me sentía acompañada.
Otras veces jugaba con la pelota, haciéndola picar, rebotar, rodar, lanzándola y luego buscándola. También  la hacía picar mientras iba girando y hasta la convertía en una amiga.
Solía transformarme en objetos, como por ejemplo en distintos vehículos que acompañaba con sus correspondientes sonidos. No faltaban brujas, monstruos, soldados, corredores de carreras, caballeros y princesas.


A la infinidad de juegos que surgían espontáneamente en mí, les iba agregando elementos elegidos, tal vez, por interés derivado de algo que estaba ocurriendo en mi contexto.
Jugaba a vender pan, éste eran restos de recortes de madera que me regalaba el carpintero  que vivía enfrente de mi casa, o bien ramitas de los paraísos del patio, que generalmente eran pesadas y vendidas como grisines, aunque no faltaron las veces en que las clasificaba por tamaño o longitud para jugar a  ofrecerlas como distintos tipos de pan. En aquel entonces se usaba mucho el papel para envolver, lo que hacía que yo utilizase el papel de diario que cuidaba mucho, no lo tiraba, sino que lo alisaba y lo guardaba para el próximo juego. Claro, mi tía madrina tenía una panadería que se llamaba "La Estrella" en calle Alberdi de la ciudad de Rafaela, y yo iba mucho a visitarla y a ayudarla.


Y como último recuerdo en esta oportunidad, les cuento que las "bolitas" de paraíso, como así las llamaba, en potes con agua se convertían en aceitunas que iba a comprar con mi papá de Perasi, un almacén situado en diagonal a la Escuela Rivadavia en Boulevar Roca de Rafaela.





PARA REFLEXIONAR: POR EL DERECHO DEL NIÑO/A A JUGAR
·    ¿Por qué jugar es un Derecho?
·    ¿Por qué es importante que la sociedad reconozca y defienda el juego como derecho?
·    ¿Cuál es la importancia del uso de este derecho en el desarrollo infantil?
·    ¿Qué valor tiene el juego dentro de la escuela, el hospital, el comedor o el parque?
·    ¿Qué cosas cambiarían si niños y adultos jugaran más?
·    ¿Aprendemos cuando jugamos? ¿Cómo? ¿Qué?


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